ADAN Y EVA
Adriana Dell
Amanecer del sol como bautismo
del impaciente Adán en la locura,
para pensar en Eva y su cintura,
aunque pecar lo arroje hacia el abismo
Desde el primer segundo de erotismo
buscaron luz en la mañana oscura,
y sin piedad la humanidad censura,
que cada encuentro sea un espejismo.
Cinco gusanos pudren la manzana,
mientras la piel se manifiesta viva;
una heredad de cisma inquisitiva,
Serpiente vil, de la existencia humana
como desierto en libertad lejana,
el resplandor de sangre imperativa.
AEd 2009
INSTANTE DETENIDO
Imagen Ciega, estalla en la mañana
leyenda de un amor que se demora,
el eterno reloj perdió su hora,
manifiesto de luz siempre lejana.
Paréntesis de cielo en la ventana
dimensión de esperanza que se añora,
la tarde avanza hacia otra angustia y llora,
dolido corazón como campana.
La memoria es verdugo del engaño
y el presagio se funde en el olvido,
nadie deja retazos en su nido,
ni confunde las flores del castaño,
a menos que se quede en el extraño
misterio, del instante detenido.
SUEÑO FINAL
Este lugar que piso, desangrado
es el sueño final, en los jardines,
donde duermen orugas y arlequines
rondando al tiempo, el sol y su traslado.
Allí descansa el tierno desenfado
de arrebatarle al suelo sus verdines,
de regalarle al viento trampolines
y libertad a cada grito ahogado.
Hace la hierba un pacto de amapola
que el suspirar del cielo se adjudica.
La luz del mar, vaivén de caracola
en el vibrar de lirios se abanica,
funde la sal, que el rayo tornasola,
y por brillar, su vuelo sacrifica.
LOCURA
Como la huella de una araña inquieta,
vuelven mis letras a suplir tu enojo,
en cada signo que sutil concreta
la rebeldía que en mi sueño alojo
Atravesada por la cruel saeta,
cada abandono a mi pesar recojo,
hecha jirones mi fatal silueta,
reclama amparo, sin poner cerrojo.
Intento en vano, amortiguar la espera,
el aire falta, tu desdén tortura.
Improvisada mi febril quimera,
Casi en un grito tu volver augura,
con un desgarro que jamás supera
mi autonomía, se volvió locura.
MI CUERPO
Adriana Dell
Se liberó mi cuerpo de sus venas,
desparramó la sangre entre los jueces,
sin piel, lo condenaron tantas veces
por desatar sus faltas más terrenas.
Sirvió a la luz, obedeció a sus penas,
modificó los años y estrecheces,
murió de pie en época de peces
sin más sostén que débiles arenas.
Corrió desnudo en sueños de tormenta,
acomodó su alma entre las cuevas
y abandonó de a ratos su osamenta.
Encegueció sus ojos como amebas,
asesinó al dolor, que lo alimenta
y adivinó sus huellas como nuevas.
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