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Heroica.
Norma Segades Mania
(Los pájaros rebeldes)
Por ciudades de estambres hasta el cielo,
masticando la tierra
con su idioma de látigo,
el hombrecito gris reclama los cereales,
los árboles,
las napas,
las escamas…,
sus verdes sembradíos de monedas,
su harina matemática.
En respuesta a su atenta,
desde el ápice austral del horizonte
los pájaros anónimos,
embriagados de estrellas insepultas
entre sombras opacas,
vendimian en la noche del suburbio
sus racimos de amor deshilachado,
recogen transparencias de rocío,
hilvanan el futuro con agujas de viento
y en la ausencia del pan
edifican de nuevo la esperanza
para inventar un mundo
de manteles tendidos y agua clara.
Verbenas rezagadas
encrespan su frescura sobre hierbas de octubre,
la sonata de un grillo
sumergido en el fuego del silencio
trepa sus espirales sin escalas
y la complicidad de los faroles
inaugura secretos de obstinada argamasa,
de cajones de frutas,
de callos extenuados,
de delgadas ternuras fortaleciendo el vuelo
bajo la luna intacta.
De “El vuelo inhabitado”

Andamios en el viento.
Norma Segades Mania
Yo edifiqué este amor.
Con fragmentos de oscuras inocencias,
con torpes esqueletos de caricias,
con harapos de sueños,
con astillas de heridas sin cerrojos,
con retazos de olvidos,
con silencios,
con este terco corazón obrero
enhebrando
una a una
las miradas
hasta llegar al beso.
Yo edifiqué este amor.
Me desollé las manos
y el alma
para hacerlo.
Desgarré la agonía de mis pieles
en el seco perfil de tus misterios,
en tu salvaje lluvia de raíces,
en tu escasa ternura,
en la eterna aspereza de tus miedos,
en el rencor marchito de tu zarza,
en la estirpe indomable de tus fuegos.
Yo edifiqué este amor.
Establecí mi sumisión descalza
como piedra y cimiento,
lo parí con la fuerza de la tierra
en la orilla de enero,
lo afirmé como hiedra a tus murallas
de aguijones sin tiempo...
y lo sostengo
a pura garra y dientes
entre racimos de cuchillos negros.
De “El amor sin mordazas”

Después de los crepúsculos.
Norma Segades Mania
¿Qué queda,
al fin,
después de los crepúsculos?
¿Un beso indiferente en las mañanas?
¿Una caricia, casi distraída,
rozando mi mejilla despeinada?
Pues,
es en este instante en que decido
que no voy a rendirme sin batallas,
que no acepto rutinas,
ni pretextos,
ni caderas de secas naftalinas
en mis rincones de obediencias ásperas,
ni sueños maniatados,
ni mohos transitorios,
ni lunas con mordaza.
Que voy a resistir,
cada centímetro,
de éste,
mi territorio sin palabras,
que voy a encabritar mis rebeldías,
que voy a amarte con la piel descalza
y el fuego,
y el temblor,
y las entrañas,
y algunas veces voy a odiarte tanto
que estallará un volcán en mi garganta
y una lluvia de lenguas derretidas
caerá sobre tu furia estupefacta,
que voy a combatir,
desde mi insomnio,
con toda la estrategia necesaria
para ganarle al mundo las contiendas
en los desfiladeros del hastío,
sin esquinas,
ni magias.
Y después de centurias de crepúsculos
aún andaré de soles rigurosos,
aún llevaré la risa agazapada
nutriéndome de cielo los relojes,
procreándome caminos en el alma,
porque aquí,
en el desorden de mis días,
la vida es un oficio que se asume
insolentando al hombro la esperanza.
De “El amor sin mordazas”

En la orilla del viento.
Norma Segades Mania
Habla
María
Ya no puedo parirte nuevamente...
Tengo toda tu muerte en mi regazo
y la inocencia herida de tus sienes yaciendo... en el ritual de mi ternura.
Pero puedo mecerte,
como antaño,
cuando enjambres de ráfagas azules desceñían la paz de tus caricias,
cuando mis manos de ágiles vaivenes tejían, con vilanos encendidos, las pastorales tramas de tus túnicas.
Pero puedo tener entre mis brazos,
no al Cristo... no al Profeta... no al Mesías...
sino esta palidez de tu silencio capturado en las redes de los sueños, como en esas fragancias madereras con que José, te construyó la cuna.
En la orilla del viento,
con tu sombra esbozando ese cuerpo fatigado sobre espinas de penas absolutas...
porque, no en vano el eco de mi sangre retuvo en sus esferas solitarias el dulce cautiverio de tus lunas.
En la orilla del viento,
sin respuestas,
paladeando un brebaje acidulado
mientras otras mujeres sollozantes salmodian sus dramáticas liturgias.
En la orilla del viento,
abandonada,
reclamando una tregua a los enigmas para cubrir tu pecho mancillado por navajas de sórdidas injurias.
Pero puedo tener,
junto a mi rostro,
tus frágiles mejillas, tus cabellos derramando sus últimas penumbras.
Porque ya nada existe sin tu vida: exhausta, macilenta y derribada en la ardiente crueldad de las torturas.
¿Por qué, entonces, me fuiste prometido por las voces del ángel, al crepúsculo
siendo, apenas, un cáliz de azucena sediento de lloviznas invisibles que colmaran mi entraña taciturna?
¿Por qué elegirme a mí?
¿Por qué mi vientre?
¿Por qué no te engendraron los volcanes en la lava apremiante de su furia?
¿Por qué fue una mujer?
¿Por qué la arcilla hubo de recibir la gracia plena para tensar Tu Nombre en su cintura?
¿Pensaste alguna vez que, en esta hora saciarías mi espacio de miserias?
¿Que un dolor excesivo, ilimitado, me entregaría a huérfanos naufragios, a ciegas escolleras de locura?
Ya no puedo parirte...
Ya no puedo...
Soy sólo esta mujer encadenada a su tristeza anónima y aguda...
De “Crónica de las huellas”
Las madres.
Norma Segades Mania
“Ya no es verano. / No hay Dios.”
Edith Goel (Argentina-Israel)
Danzan al son del viento.
Danzan con un manojo de memoria
trenzado en el cabello, prendido en la solapa.
Danzan en los umbrales de un insomnio que devora retinas,
que adivina los cuerpos pudriéndose en la entraña del agua turbulenta,
que denuncia las llagas gestándose en los huecos de las noches sin dioses,
que reclama al silencio su azul cosmogonía de esperanza,
vagando por los jueves en la plaza del miedo
ante un pueblo que inventa absoluciones,
que indulta las afrentas.
Danzan sobre su llanto
al ritmo de la lluvia en las baldosas,
al compás de esos nombres que no quiebra la furia
con sus rabos de enconos clandestinos desciñendo relámpagos,
ni la boca asesina consumando rituales de harina fraudulenta;
que no rompe el sigilo de uniformes reptando por senderos impunes
ni la iglesia ocultando la identidad secreta del verdugo
ni la letra amarilla escribiendo otra historia
ni la calumnia alzando sus estigmas
ni la hirsuta impotencia.
Danzan entre el ultraje,
danzan sus terquedades insolentes,
danzan entre recuerdos, entre antiguos retratos,
entre gestos de infancias inocentes encendiendo sonrisas.
Renacidas al mundo desde las hendiduras de sufridas placentas,
paridas por los mismos que parieron sus muslos hace espesos veranos,
delatando los odios que acribillaron pájaros dormidos
cuando urdía la angustia sus tramas de desvelo,
cuando se rebelaron los geranios
y comenzó la ausencia.
De “Desde otras voces”

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