Las madres no existen.
Van de un lado a otro
y no hacen nada preciso
pero bajo sus dedos
todo ocurre.
Nunca están completamente sentadas
o de pie
y cuando se acuestan
nadie las ve.
Las madres no existen.
Sólo aparecen
o desaparecen.
LA TROMPETA CULPABLE Gabriel Jiménez Emán
Hace una semana o talvez más,
quizá hace dos, o un mes
sueño que toco la trompeta.
Una mujer me dice que no puede ser
que ella jamás imaginó un sonido tan sublime.
Pero yo la toco otra vez
y le demuestro que los sonidos salen como flujo magnético
metiéndose en el almuerzo
y provocando exclamaciones
en los demás asistentes.
Mis dedos en los pistones
son pequeñas serpientes doradas.
Alguien que no veo me aplaude,
después mi mujer me golpea con una cuchara
luego mi hijo me dice que le duele
el oído.
Yo sigo hasta formar parte de un conjunto
famoso por beber whisky en los ensayos.
Después llega mi madre y me reprende
me dice que voy a despertar a los muertos de la cuadra.
Mi trompeta va a dar a mi estuche de felpa.
Entonces la primera mujer me vuelve a decir
que ella no lo cree
que yo estoy soñando y que ella sin embargo
me ama.
Yo me despierto cansado, viendo a mi almohada asustada
arañándome la cara.
SOLEDUMBRE I Gabriel Jiménez Emán
el ojo arroja sus garfios
a le tela del día
el rostro deletrea las sílabas
de la plaza
mientras los pies asaltan
la calle de los nervios
al atardecer las dalias
se hinchan
en el temblor del pecho
mientras el cielo caza nubes
para el hambre de espíritu
ah hermético sosiego no apareces
sino al final del callejón
al fin del túnel que conduce
a la noche sumergida en vasos
quejumbrosos tiritando en el vientre del agua
en el océano de hielos que bajan
hacia un oasis de sed